jueves, 30 de mayo de 2013

La evasión imposible de Victor Serge

El primer autor en denominar al Gobierno soviético posterior a Lenin como "totalitario" murió en el movimiento perpetuo del exilio mexicano.
CLAUDIO ALBERTANI
05/2013

El 5 de septiembre de 1941 dos viajeros aterrizaron en el aeropuerto Benito Juárez de la Ciudad de México. Eran el escritor Victor-Napoleón Lvovich Kibalchich Poderewski, alias Victor Serge, y su hijo poco más que adolescente, Vladimir Kibalchich Russakov, quien pronto se daría a conocer como el pintor Vlady. Llegaban de Europa, tras una larga espera y muchos rodeos, vía Marsella, Casablanca, La Martinica, Ciudad Trujillo (Santo Domingo), La Habana y Mérida, Yucatán. Eran individuos sin Estado ni nación, marcados con el estigma de apátridas. Desterrados y perseguidos, no tenían más identificación que un precaria cédula expedida en Marsella por el consul mexicano Gilberto Bosques, valiente diplomático que ayudó a escapar a cientos de personas del régimen pro-nazi de Vichy.
De estatura media, recio y entrecano, Victor Serge aparentaba un poco más de sus 51 años (había nacido el 30 de diciembre de 1890 en Bruselas). Una fuerza tranquila y dulce, una gran integridad, así como cierto cansancio, emanaban de lo profundo de sus ojos color ámbar. Hijo de padres rusos que huían de la represión zarista, Serge había nacido en el exilio y no tenía más patria que la revolución. Su larga trayectoria militante empezó a los quince años en la Joven Guardia Socialista de Ixelles, barrio obrero de la capital belga y prosiguió en las filas libertarias tras la lectura del folleto de Kropotkin A los jóvenes.
Todavía adolescente, viajó a París en donde entró en contacto con ilegalistas radicales que pregonaban la guerra a muerte contra la sociedad. No compartía su estrategia, pero sí su indignación y quedó atrapado en hechos sangrientos. Siendo inocente, fue condenado a cinco años de prisión. Liberado en 1917, se refugió en la Barcelona libertaria y revolucionaria de la CNT, el poderoso sindicato anarcosindicalista. Ahí empezó a escribir artículos firmando con el seudónimo que le conocemos, Víctor Serge. Participó, todavía, en la fallida insurrección de julio de 1917 para después dirigirse a Rusia, la tierra de sus ancestros y la patria de las nuevas esperanzas.
Fue un viaje azaroso. Detenido nuevamente, pasó 15 meses en un campo de concentración francés llegando a Petrogrado en enero de 1919 gracias a un intercambio de presos, propiciado por la Liga de los Derechos del Hombre. Decidió entonces adherirse al comunismo de Lenin y Trotsky, sin dejar de ser un disidente y un libertario. Combatiente en la guerra civil, periodista, traductor, organizador de los servicios de información de la Internacional comunista, agente clandestino en Berlín y en Viena, vivió en primera persona el fracaso de la revolución europea y la progresiva degeneración del régimen soviético.
Regresó a la URSS después de la muerte de Lenin para adherirse a la oposición de izquierda, refrendando así su destino de paria consciente. Encarcelado la primera vez en 1928, en 1933 fue desterrado a Orenburg, una ciudad al pie de los Urales que era la antesala geográfica y política del Gulag. Se volcó hacia la literatura relativamente tarde, y no por amor al arte, sino porque "es preciso dejar un testimonio sobre este tiempo; el testigo pasa, pero puede suceder que el testimonio permanezca".
Hacia la primavera de 1936, por un "milagro incomprensible" y la ruidosa presión de algunos amigos fieles, fue expulsado de la URSS y despojado de la ciudadanía soviética, la única que poseía. Volvió entonces a Europa occidental junto a su esposa, Liuba Russakova (1898-1984), y a sus dos hijos, Vlady (1920-2005) y Jeannine (nacida en 1935), poco antes de que empezaran los procesos de Moscú.
Pasó los tres años siguientes en Bruselas y en París, entregado a un trabajo monumental, literario, además de periodístico, histórico y teórico. En México, último refugio de los proscritos, vivió una etapa relativamente tranquila y enormemente productiva. Lejos del drama de Europa azotada por la guerra, redactó o terminó algunas de sus obras más fascinantes. Le perseguía la idea obsesiva de narrar la tragedia de la revolución triunfante que se devora a sí misma. En 1942, sobrevivió a un intento de asesinato y, todavía vigoroso murió en diciembre de 1947, en un taxi. Ataque cardiaco, decía el reporte médico, aunque Vlady siempre pensó que murió envenenado por los agentes de Stalin.
Auténtica enciclopedia de las esperanzas del siglo XX y lúcido diagnóstico de sus fracasos, sus Memorias, expresan con vigor la idea de literatura testimonial que atraviesa toda la obra de Serge. A medida que se adentra en aquel "mundo sin evasión posible donde el único remedio era luchar por una evasión imposible", el lector se sume en la epopeya de las revoluciones derrotadas del siglo XX. El libro se lee como una novela polifónica en que actores individuales y colectivos se alternan en el escenario, devolviéndonos la imagen grandiosa de la humanidad en movimiento. Como en un fresco monumental, las etapas del drama revolucionario se suceden una tras otra en un ordenamiento implacable.
¿El final estaba implícito en el comienzo? Como Walter Benjamin a quien conoció, Serge piensa que no. Triunfó el estalinismo, pero el desenlace podía haber sido otro. Incluso la palabra "destino", que utiliza una y otra vez, no implica la fatalidad, ni excluye la voluntad o la creatividad. A la manera de Nietzsche –el autor preferido de su juventud al que nunca dejó de leer– expresa más bien la opción de volver al pasado y recoger para el futuro la herencia de sus posibilidades perdidas. La tarea sigue pendiente.