viernes, 23 de octubre de 2015

Crítica del nuevo mundo feliz que se avecina


Una autoentrevista de los Amigos de Ludd.
Este texto sirvió de base para animar un debate sobre tecnología y sociología industrial dentro de las actividades de la acampada organizada por la Asamblea contra el TAV en Arribe (Navarra, julio de 2002).


Pregunta: ¿Qué implica para ustedes la referencia a Ludd y a los ludditas?
Respuesta: Los ludditas fueron trabajadores y trabajadoras inglesas que en un período comprendido principalmente entre 1811 y 1813 protagonizaron un movimiento insurreccional y actuaron destruyendo la maquinaria industrial. Se daban así mismos el nombre colectivo de General Ludd o Rey Ludd (o nombres similares). En el mundo anglosajón de hoy es corriente que alguien que se oponga al progreso tecnológico sea tachado peyorativamente de luddita, pero son muchos, desde los años 80 y 90, que en América han enarbolado la bandera del luddismo (con desigual rigor, desde luego). Las acciones contra cultivos transgénicos en Francia, Bélgica o Reino Unido, los sabotajes al tren de alta velocidad en Italia, la ocupación rural en el estado español, los movimientos campesinos de resistencia en Brasil o India, todo ello son también muestras de una rebelión contra un progreso tecnocientífico que cada vez se desvela más como lo que es: la estrategia planificada de una explotación sin fin. Concretando más podemos decir que para nosotros el luddismo es un ejemplo de oposición popular activa a una tecnología que se quiere imponer desde la tiranía industrial del capitalismo.
Pregunta: Sin embargo, me consta que el nivel operativo de ustedes no es muy alto.
Respuesta: No somos precisamente un movimiento de masas. Por el momento nos limitamos a extender un saludable descrédito hacia la sociedad industrial.
Pregunta: ¿Pero en qué medida piensan que el luddismo es transplantable a nuestro presente?
Respuesta: Los trasplantes no son nuestra pasión. La cuestión es otra. Hay que ver que los ludditas reaccionaron contra un tipo de tecnología que era la manifestación evidente de la destrucción acelerada de sus comunidades y sus formas de vida. Los ludditas no sólo reaccionaron contra los dueños de las máquinas sino contra el sistema maquinista en sí y el tipo de producción que implicaba. Este punto es importante. De algún modo advirtieron que el mal estaba tanto en la posesión y la explotación privada de la maquinaria como en un tipo de organización maquinizada de la producción y del trabajo, que a sus ojos suponía la irrupción de una nueva vida con leyes antisociales. O dicho de otra manera, intuyeron que la tecnología industrial sólo podía corresponder a una cierta forma de explotar la naturaleza humana dentro de su hábitat de convivencia: la forma capitalista, que necesita destruir los lazos comunitarios, aislar a los individuos y despojarles de todo medio que pueda ofrecerles una posibilidad de autonomía material.
Pregunta: ¿Pero no sería esto una manera demasiado benevolente e idealista de enjuiciar el pasado preindustrial y sus comunidades?

Respuesta: Nuestra época necesita críticos más severos. Hoy la mayor idealización está del lado del presente. Nosotros no proponemos una insospechada vuelta al pasado. Lo que intentamos poner de manifiesto es que la sociedad industrial ­con su ideal de progreso- ha falseado toda nuestra visión del pasado. Hoy sabemos que la creación a escala universal de un Mercado y un Estado ­antaño ceñidos más o menos a marcos nacionales, hoy planetarios- ha ocultado la historia a pequeña escala de formas de organización social y comunal más justas y racionales, y menos dañinas para el medio natural, que convivieron con formas de poder o con sistemas religiosos que, aunque inaceptables, no ahogaban por completo, o no siempre o no en todos los lugares como hoy sucede, la autonomía social de la comunidad. Esto parecerá una verdad sospechosa a las mentes progresistas de hoy, que tienden a ver el pasado como una época oscura y superada. Cuando en épocas pretéritas las poblaciones se rebelaban contra la iniquidad y la justicia arbitraria de los poderosos (nobleza, burguesía acaudalada, clero o Corona) al menos sabían que eran sus medios de vida ­la tierra, la leña, el cereal o los pastos- lo que estaba en juego. Jamás separaron sus ideales sociales ­por pobres que fueran- de sus medios directos de existencia (que, por entonces, aún estaban en sus manos). Tampoco de sus medios directos de autogobierno (la asamblea o el concejo). Hoy cualquier reivindicación social ha de pasar por el dominio abstracto del mercado, por la burocracia de Estado o del reformismo sindical. Todo conflicto se juega en torno a mediocres exigencias que obedecen a la lógica económica de los poderosos (sea el poder adquisitivo o los derechos civiles). La identificación de la riqueza con el "dinero" es hoy ya algo tan trivial, y lo es desde los tiempos de Balzac, que casi nadie se pregunta si existe forma de vida que no sea mercancía comprable. Se trabaja sin descanso durante once meses para poder ver o comer una trucha de río, bañarse en el mar o huir del ruido feroz de las ciudades. El descanso vacacional es la burla siniestra del poder para con sus esclavos. En la sociedad del capitalismo industrial la mayor parte de las luchas se centran en regateos sobre condiciones de vida que ya están de por sí deterioradas: se pide una mejor distribución de la renta, pero no se cuestiona que es lo que en verdad se puede conseguir a través de esa renta (¿una infravivienda en un suburbio urbano? ¿mejores autovías en las que morir más deprisa? ¿más polideportivos? ¿más consumo de sucedáneos?); se disputa el salario, pero no la misma naturaleza del trabajo asalariado; se exige una mayor protección social frente al Mercado, pero no se pone en tela de juicio la misma existencia antisocial del Mercado; se busca refugio en el Estado, y se olvida que ha sido éste el que ha hecho posible que el terreno social sea el campo de batalla de la guerra económica del capitalismo. Mientras, la biosfera se va derrumbado ante un asalto dilapidador cada vez mayor. La explotación capitalista jamás habría sido posible si no se hubieran industrializado las naciones y los pueblos. La oposición campo-ciudad no puede ser una elección de fin de semana: en la destrucción de toda vida rural y comunitaria bien entendida está el origen de la dominación total que hoy padecemos.
Pregunta: Si he entendido bien ustedes critican la sociedad industrial que está en manos del poder capitalista, pero aceptarían un tipo de sociedad industrial dirigida por el poder autoorganizativo de la gente.
Respuesta: Ha entendido bastante mal. Para nosotros la sociedad industrial, su organización del tiempo y del trabajo, su nocividad y la utilización abusiva de sus tecnologías, es consustancial al modelo económico del capitalismo. Ambas cosas son inseparables.
Pregunta: Pero si están tan interesados en criticar la sociedad capitalista ¿no deberían volver al análisis marxista de la economía política y dejarse de críticas efectistas a la tecnología y al progreso científico?
Respuesta: Pensamos que la mayor parte de la escuela marxista ha caído fascinada por la revolución capitalista de la producción, así como por el maquinismo o la clase trabajadora urbana. Ahí empieza el problema. Marx saludó el nacimiento de la clase proletaria como algo benéfico: creía que de lo negativo ­la miseria total de la clase trabajadora industrial- saldría lo positivo ­el comunismo. Por eso veía la revolución capitalista y la economía burguesa como un momento crítico pero necesario, el momento donde se gestaría la clase revolucionaria que tomaría el poder. La economía burguesa habría impuesto las condiciones objetivas para este cambio fundamental: la destrucción de todos los viejos lazos comunitarios y el despojamiento total de los individuos. Se trataba en fin de que la clase trabajadora tomara las riendas del movimiento progresivo de la Historia y dejara atrás el viejo mundo. Nosotros creemos que esta visión del antagonismo social es pobre, e históricamente engañosa. De por sí, no consideramos que haya ningún progreso en la Historia, ni tampoco que de lo negativo extremo tenga que salir lo extremo positivo. El proceso de degradación social impulsado por la revolución industrial capitalista destruyó, ciertamente, los lazos con un pasado lleno de sombras y luces, pero no ayudó en mucho a que se forjara una clase con una conciencia clara de emancipación. Principalmente porque las generaciones nacidas de la ruptura habían perdido el punto de unión con prácticas de sociabilidad directa, saberes no fragmentados, bienes comunitarios, técnicas de producción sencillas, apoyo mutuo, etc. El marxismo más ortodoxo aceptó como buena la visión progresista de la historia, heredada del pensamiento liberal capitalista. Bendijo la Ciencia y su aplicación industrial.
Pregunta: ¿Consideran también la Ciencia como un aliado objetivo del poder capitalista?
Respuesta: La mera formulación de esa pregunta es ya su respuesta. En la Edad moderna la Ciencia necesita grandes cantidades de medios y un gigantesco campo de experimentación para desarrollar sus investigaciones; las empresas y el Estado les proporcionan ambas cosas: dinero, y todo el cuerpo social sobre el que experimentar con sus novedosos hallazgos. A cambio la Ciencia tiene que aceptar criterios de productividad altos, especialización, división del trabajo y disciplina industrial, ¡ah! y un riguroso silencio cómplice cuando algún experimento se va de las manos y produce la catástrofe, lo que no es infrecuente.
Pregunta: Ustedes, me parece, juegan a aterrorizar a la gente presentando una idea de la tecnología y la ciencia como productos de una pesadilla totalitaria. Quizá sus valoraciones sirvieran para una época ­la más oscura- de la civilización industrial. Pero hoy, no lo pueden negar, la moderna tecnología se pone al servicio de la comodidad de la gente, no les despoja de sus modos de vida, sino que crea las condiciones de un bienestar siempre renovado.
Respuesta: Quizá usted vaya a ganar un buen sueldo durante toda su vida publicando esas memeces. Por nuestra parte, pensamos que es natural que la tecnología de consumo aparezca hoy como una compensación milagrosa en un mundo donde todos los verdaderos valores que sirven a lo humano son prohibidos. En la sociedad dividida cualquier ofrenda tecnológica cae como una bendición; a los modernos esclavos que han perdido hasta la capacidad de reunirse, sólo les queda reforzar su aislamiento con equipos técnicos cada vez más perfeccionados. Así su encierro se hace todavía soportable.
Pregunta: Realmente exageran...
Respuesta: La nueva sociedad que quieren imponer se prepara para sobrellevar alegremente su creciente deshumanización. En el ámbito de la conciencia, será necesario hacerse insensible a la degradación de las relaciones humanas ­degradación en estado ya muy avanzado-, perder toda perspectiva de autonomía personal y colectiva. En el ámbito de las conquistas materiales, será necesario aceptar que es posible reconstruir técnicamente la biosfera ­y la sustancia humana- para preparar ambas para una explotación económica de dimensiones jamás vistas. A partir de aquí muchos elegirán su modo de supervivencia o de adaptación. Nosotros, en la medida de nuestras posibilidades, buscaremos aliados que no acepten las condiciones de esta rendición de la conciencia.