miércoles, 25 de diciembre de 2013

Por qué soy un hombre feminista


Byron Hurt
Cuando era pequeño, mi madre y mi padre solían discutir mucho. Algunas mañanas me despertaba con el sonido alarmante de mis padres gritándose. La discusión continuaba hasta que mi padre gritaba “¡Y se acabó!No voy a seguir hablando más de esto”. La disputa acababa justo ahí. Mi madre nunca tuvo la última palabra.
Los gritos de mi padre hacían encogerse a mi madre; yo quería hacer algo para parar esa furia proyectada contra ella. En aquellos momentos, me sentía impotente porque era demasiado pequeño para enfrentarme a mi padre. Aprendí muy pronto que la fuerza y el poder intimidaban a mi madre. Nunca vi a mi padre golpearla, pero sí presencié lo hirientes que podían ser sus golpes verbales cuando caían sobre la psique de mi madre.
Mi padre no maltrataba siempre a mi madre, pero cuando lo hacía, me identificaba con el dolor de ella, no con la agresividad de él. Cuando le hacía daño, me hacía daño a mí también. Mi madre y yo teníamos un vínculo muy especial. Era divertida, inteligente, cariñosa y hermosa. Era muy buena escuchando, y me hacía sentir especial e importante. Y cada vez que la cosa se ponía fea, ella era mi roca y mi base.
Una mañana, después de que mi padre le gritara a mi madre durante una discusión, ella y yo nos quedamos en el baño, solos, preparándonos para el día que nos esperaba. La tensión en la casa era tan espesa como una nube de humo negro. Sabía que mi madre estaba disgustada. “Te quiero, Mamá, pero ojalá tuvieras un poco más devalor cuando discutes con Papá”, le dije lo suficientemente bajo para que él no pudiera oirme. Ella me miró, acarició mi espalda y forzó una sonrisa.
Tenía tantas ganas de que mi madre se defendiese a sí misma… No entendía por qué tenía que rendirse a él cada vez que peleaban. ¿Quién era él para sentar las normas de la casa? ¿Qué le hacía tan especial?
Crecí resentido por la dominación de mi padre en casa, incluso queriéndole tanto como quería a mi madre. Su ira y su intimidación consiguieron impedir que mi madre, mi hermana y yo expresáramos nuestra opinión cada vez que no coincidían con la suya. Algo en esa desigualdad de su relación me parecía injusto, pero a una edad tan joven, no podía expresar qué.
Un día, mientras estábamos sentados en la mesa de la cocina tras una de sus discusiones, mi madre me dijo: “Byron, nunca trates a una mujer como tu padre me trata a mí”. Ojalá la hubiese escuchado.
Conforme fui creciendo y tuve mis propias relaciones con chicas y mujeres, a veces me comporté como vi a mi padre comportarse. Yo también me volví defensivo y verbalmente agresivo cada vez que una chica o una mujer con la que salía me criticaba o me desafiaba. Denigraba a mis novias controlando su peso o la ropa que elegían ponerse. En una relación en particular durante la universidad, usé frecuentemente mi corpulencia para intimidar a mi novia, echándome sobre ella y gritándole para defender mi punto de vista.
Había asimilado lo que había visto en casa y me estaba convirtiendo lentamente en aquello que había despreciado siendo niño. Aunque mi madre intentó enseñarme mejor, yo, como muchos chicos y hombres, me sentí en mi derecho de maltratar al género femenino cuando me beneficiaba.
Tras graduarme en la universidad, necesitaba un trabajo. Supe de un nuevo programa de sensiblización que estaba por lanzarse. Se llamaba Los Mentores en el Proyecto de Prevención de Violencia. Siendo un estudiante-atleta, ya había hecho sensibilización comunitaria anteriormente, y el Proyecto MPV me pareció un buen plan mientras que encontraba un trabajo en mi campo, el periodismo.
Fundado por Jackson Katz, el Proyecto MPV se diseñó para utilizar el prestigio de los atletas para convertir la violencia de género en algo inaceptable. Cuando me entrevisté con Katz yo no sabía que el proyecto era un programa de prevención de la violencia de género. Si lo hubiese sabido, probablemente no hubiese ido a la entrevista.
Así que cuando Katz me explicó que estaban buscando a un hombre para ayudar a institucionalizar el currículo basado en la prevención de la violencia de género en institutos y facultades de todo el país, casi me vuelvo por donde había venido. Pero durante la entrevista, Katz me hizo una pregunta muy interesante: “Byron, ¿cómo crees que beneficia la violencia de los afroamericanos hacia las afroamericanas a nuestra comunidad?”.
Nunca nadie me había hecho esa pregunta antes. Como hombre afroamericano profundamente preocupado por los problemas de raza, nunca había pensado demasiado sobre cómo el abuso emocional, las palizas, las agresiones sexuales, el acoso en la calle y las violaciones afectan a una comunidad entera, tal y como el racismo hace.
Al día siguiente, asistí a un taller sobre prevención de la violencia de género facilitado por Katz. Allí planteó una pregunta a todos los hombres en la sala: “¿Qué cosas hacéis para protegeros de ser violados o agredidos sexualmente?”
Ni un solo hombre, incluido yo, pudo responder rápidamente la pregunta. Finalmente, un hombre levantó la mano y dijo: “Nada”. Entonces Katz preguntó a las mujeres: “¿Qué cosas hacéis para protegeros de ser violadas o agredidas sexualmente?” Casi todas las mujeres en la sala levantaron su mano. Una a una, cada mujer testificó:
“No establezco contacto visual con hombres cuando camino por la calle”, dijo una.
“No dejo mi copa sin vigilar en las fiestas”, dijo otra.
“Uso el apoyo de mis amigas cuando voy a fiestas”.
Cruzo la calle cuando veo a un grupo de tíos caminando hacia mí”.
“Uso mis llaves como un arma en potencia”.
“Llevo conmigo un spray de autodefensa”.
“Vigilo qué ropa me pongo”.
Las mujeres continuaron durante varios minutos, hasta que su parte de la pizarra estuvo completamente llena de respuestas. El lado de la pizarra de los hombres estaba en blanco. Me quedé estupefacto. Nunca había oído a un grupo de mujeres decir esas cosas antes. Pensé en todas las mujeres que había en mi vida (incluyendo a mi madre, mi hermana y mi novia) y me di cuenta de que tenía mucho que aprender sobre género.
Días después de ese taller, Katz me ofreció el trabajo como especialista mentor-formador, y lo acepté. Aunque no sabía mucho sobre temas de género desde un punto de vista académico, rápidamente aprendí en el trabajo. Leí libros y ensayos de bell hooks, Patricia Hill Collins, Angela Davis y otras escritoras feministas.
Como la mayoría de hombres, me había tragado el estereotipo de que todas las feministas eran blancas, lesbianas, ataca-varones poco atractivas que odiaban a los hombres. Pero después de leer los trabajos de todas esas feministas negras, me di cuenta de que esto estaba muy alejado de la realidad. Tras investigar a fondo su trabajo, llegué a respetar de verdad la inteligencia, coraje y honestidad de estas mujeres.
Las feministas no odiaban a los hombres. De hecho, les querían. Pero tal y como mi padre había silenciado a mi madre durante sus discusiones para evitar escuchar sus quejas, los hombres silenciaron a las personas feministas, denigrándolas y haciendo oídos sordos sobre quiénes somos en realidad.
Aprendí que las feministas ofrecían una importante crítica sobre una sociedad dominada por los varones que, rutinaria y globalmente, trataba a las mujeres como ciudadanos de segunda clase. Ellas decían la verdad, e incluso siendo un hombre, su verdad me hablaba a mí. A través del feminismo, desarrollé un lenguaje que me ayudó a expresar mejor cosas que había experimentando creciendo como un hombre.
Los escritos feministas sobre el patriarcado, el racismo, el capitalismo y el machismo estructural conectaban conmigo porque había presenciado de primera mano el tipo de dominación machista a la que ellas desafiaban. Lo vi de niño en mi casa y lo perpetué siendo adulto. Su análisis de la cultura y comportamiento de los hombres me ayudó a poner el patriarcado de mi padre en un contexto social más grande, y también me ayudó a entenderme mejor.
Decidí que me encantaban las feministas y abracé el feminismo. El feminismo no sólo da voz a las mujeres, sino que allana el camino a los hombres para liberarse del dominio de la masculinidad tradicional. Cuando herimos a las mujeres en nuestras vidas, nos herimos a nosotros mismos y herimos a nuestra comunidad también.
Según me fui haciendo adulto, el comportamiento de mi padre hacia mi madre cambió. Con la edad se suavizó, y dejó de ser tan poco razonable y tan verbalmente agresivo. Mi madre llegó a hacerse valer cuando estaban en desacuerdo.
Me impactó oírla decir la última palabra y que mi padre la escuchara sin enfadarse. Fue un gran cambio. Ninguno de ellos se consideraría a sí mismo feminista, pero creo que ambos aprendieron con el tiempo a ser individuos más completos que se trataban con respeto mutuo. Cuando mi padre murió de cáncer en 2007, lucía orgullosamente por la ciudad una gorra de béisbol que yo le había regalado y que decía: “Acaba con la violencia hacia las mujeres”. ¿Quién dice que los hombres no pueden ser feministas?